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  • Foto del escritorSilvia Manrique

Familias y sus oportunidades ante la crisis actual por la pandemia COVID 19.


La familia, es la unión de personas que comparten un proyecto vital de existencia, se configura en los diferentes trayectos comunes que vivencian cotidianamente, allí se establecen fuertes sentimientos de filiación y pertenencia, donde sus miembros en su mayoría construyen relaciones de afectividad, reciprocidad y dependencia.


Desde el nacimiento, hasta los primeros pasos y palabras, los niños y niñas necesitan de una extensa red social que les permita dar sentido y significado al lenguaje y sus emociones, aprenden de su relación con los adultos con quienes conviven, Humberto Maturana lo definió como la trama relacional de los espacios psíquicos internos y externos que se configuran a partir del lenguajear, entendido como el uso cotidiano y reciproco del lenguaje para expresar pensamientos y sentimientos que ocurren a partir de las relaciones entre los seres humanos, a partir de la aceptación del otro como legítimo en esa convivencia cotidiana.


Los bebés tienen un enorme desarrollo cerebral, crecimiento y poda neuronal en los primeros dos años de vida. El desarrollo del cerebro de los bebés, (así como su desarrollo social, emocional y cognitivo) depende de un vínculo amoroso o una relación de apego con un cuidador principal, generalmente sus padres. Hoy encontramos una creciente evidencia en los campos de la psicología del desarrollo, la neurobiología y los estudios epigenéticos animales de que el descuido, la inconsistencia de los padres y la falta de amor, pueden conducir a problemas de salud mental a largo plazo, así como a una reducción del potencial general y el bienestar.


John Bowlby a partir de los estudios que consolidaron la teoría del apego, evidencio que, desde una perspectiva evolutiva, los niños y sus padres forman una relación de apego la cual optimiza las posibilidades de supervivencia infantil, esta es especialmente notable cuando los niños enfrentan situaciones que causan miedo o angustia, en las familias los padres actúan como un refugio seguro y hacen que sea más fácil para los niños regular sus emociones cuando se sienten ansiosos o angustiados; en este contexto teórico Mary Ainsworth, afirmo que un niño con un apego seguro, sabe que sus padres están involucrados y se preocupan, que demuestran un sano equilibrio entre comodidad, afecto, independencia y exploración y en la medida que crecen y son independientes, orientará la búsqueda hacia las personas que sientan afectivamente cercanas en busca de consuelo cuando lo necesite.


Este apego seguro es construido por la familia, que en las relaciones cotidianas expresan amor y también confían en permitir que sus hijos exploren, pregunten, cuestionen y construyan una idea del entorno que le rodea. Un niño con apego seguro, aprende que el mundo es un lugar en el cual puede confiar, en el cual sus seres queridos le corrigen cuando existen comportamientos inapropiados, pero continuamente le expresan afecto, calidez y respetan su autonomía.


Las nuevas experiencias de socialización e interacción familiar, surgidas a partir de la realidad que estamos viviendo, tienen como resultado la rápida adaptación en la cual nuestros niños y niñas se ajustaron al espacio del hogar y con su imaginación y creatividad reconfiguraron la curiosidad, el temor, la admiración y el placer de las experiencias emocionales y comportamentales que emergen del convivir familiar cotidiano. La pregunta que nos debemos hacer es de qué manera como familias, estamos significando la manera de cuidar y criar a nuestros hijos, teniendo en cuenta que la situación generada por el COVID-19, es una oportunidad que debe fomentar procesos cercanos que potencien el desarrollo emocional, social y cognitivo de nuestras infancias.


Pensemos por un momento si los abrazos, las canciones, los juegos, la escucha, las sonrisas de cada miembro pudieran vacunar a nuestros hijos contra la incertidumbre y el miedo a un virus desconocido que ha transformado la manera de relacionarnos y permita la inoculación ante el desamor, la angustia y la frustración, que posibilite confiar en ellos, estar seguros de sí mismos y comprender que pueden contar con familia y amigos para afrontar las diferentes crisis por las cuales pueden atravesar, esta inoculación emocional a largo plazo podría ser posible si la crianza en el aquí y en el ahora, es el resultado de aprendizajes a partir de una historia y las oportunidades que ofrece la construcción de diversas situaciones de la vida familiar, acompañando, protegiendo y promoviendo trayectorias de desarrollo positivo con resiliencia en la cual un virus logre ser una oportunidad para afrontar las adversidades, superarlas y salir fortalecidos de ella , con la finalidad última de garantizar y promover vínculos afectivos fuertes; de larga duración, caracterizados por el deseo de mantener la cercanía y presencia con capacidades que permiten a las familias afrontar de forma flexible y adaptativa lo que ha significado ser padres, aprovechando todas las oportunidades para desarrollar estas capacidades.


Juan Gabriel Salazar Jiménez Doctor en psicología, neurociencias y estadística medica Universidad de Pavía

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